El análisis de Sergio De Piero, politólogo de la Universidad de Buenos Aires / Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

En pocos días finaliza la campaña con la realización de las elecciones nacionales. Digo finaliza porque la posibilidad de un balotaje en el mes de noviembre parece más que improbable. Tanto es así que los debates previos parecen diluirse ante lo inminente, y el tono de las publicidades no logra instalar otros horizontes, demostrando que el marketing tiene sus límites. Las técnicas de comunicación son hoy imprescindibles en una sociedad tan diversificada, heterogénea y vinculada a través de múltiples técnicas de enlace y vinculación. Pero todo ello no reemplaza los contenidos, los mensajes y las mismas acciones. La campaña, en este sentido, no se nutrió de los lemas que se enarbolaron a partir del mes de junio pasado. Comenzó mucho antes. La definición de estas elecciones comenzó en junio de 2009, cuando el kirchnerismo sugirió un duro golpe en las urnas, y los espacios de la oposición se plantearon la posibilidad de lograr una victoria en las elecciones, justamente, que estamos por protagonizar.
Si uno recuerda el discurso de la presidenta Cristina Fernández, la tarde del 29 de junio de 2009, vendrá a su memoria palabras que indicaban el no reconocimiento de una derrota electoral (que en los hechos no lo fue, porque a nivel nacional el FPV había ganado por el 1%) pero que el retroceso en la provincia de Buenos Aires y la derrota en todas la grandes capitales, indicaban un escenario poco feliz para el Gobierno. Ése fue el discurso. Por otra parte la oposición disfrutaba de un resultado que acaso intuía, pero que no estaba segura de obtener. Sin embargo, el gran acertijo a resolver consistía en saber qué sector de la oposición podría encabezar una puja triunfadora de cara a la elección nacional. Recordemos, esa elección había logrado reunir al radicalismo con la Coalición Cívica y el GEN; la UCR y sus desprendimientos volvían a ser una sola fuerza. También había conseguido el acercamiento entre el PRO de Mauricio Macri y la UP de Francisco de Narváez, más el apoyo de Felipe Solá y sectores de Duhalde. Proyecto Sur de Pino Solanas y el Socialismo también se encontraban en alianza. Es decir que si bien teníamos un escenario de cierta dispersión, ésta se encontraba contenida por espacios ideológicos con cierta armonía. Luego se intentó plasmar estos acercamientos con la creación a principios del 2010 con el mentado “Grupo A”; una suerte de acuerdos parlamentarios entre las fuerzas que se sentían ganadoras de las elecciones de junio, para la asignación de puestos claves en las comisiones de ambas Cámaras del Congreso de la Nación. Y allí la estrategia política de mayor presencia dejó de tener el peso inicial. Claro, en el medio el gobierno de Cristina Fernández había sancionado una nueva ley de servicios audiovisuales e implementado la Asignación Universal por Hijo, más algunos cambios ministeriales; ambos eran la contratara, si se quiere, de esa sensación de no asumir los resultados de junio que uno podía desprender del discurso de junio de la Presidenta. La lectura estaba, y la recomposición necesaria de la relación entre el Gobierno y sus votantes del 2007 parecía encaminada en pos de recomponerla. Allí comenzó verdaderamente la campaña del 2009, es decir, la posibilidad de Cristina Fernández de ser reelecta o de que Néstor Kirchner fuese nuevamente candidato. Luego fue su muerte, luego fue lo que ella generó, pero eso significó un nuevo apoyo a la Presidenta, partió de las políticas que se habían desplegado meses atrás, y no del hecho fortuito y desgraciado, de una muerte. A ello lo acompañó también la imposibilidad de la oposición de definir un candidato, incluso de sostener las alianzas que habían construido en el 2009: ninguna de las tres que nombré más arriba se han mantenido juntas en éstas frente a los comicios presidenciales.
Hoy podemos observar los spots televisivos y coincidir con muchos analistas de que los del oficialismo parecen los mejor logrados y que varios en la oposición carecen de esa capacidad de convencimientos y claridad que sí tienen los del FPV. Sin embargo, más allá del trabajo estético y comunicacional de los publicistas, los mensajes pueden tener esas características porque mientras unos, luego de la victoria del 2009, se hundieron en desencuentros; los vencidos, recompusieron no sólo su imagen sino, por sobre todo, el tipo de relación a través de nuevas respuestas a las demandas de la sociedad.