Después del 14 de agosto el camino hacia octubre parece despejado y sin las turbulencias a las que nos tenía acostumbrados la realidad argentina. Las inquietudes, lejos de venir de nuestra propia geografía, provienen de un escenario mundial atravesado por una crisis de indescifrables consecuencias y que no hace otra cosa que reafirmar, a los ojos de una parte sustantiva de la sociedad, que los pasos seguidos por el Gobierno nacional para impedir que sus consecuencias nos alcancen han sido los correctos. En todo caso, y más allá de los esfuerzos, a esta altura entre bizarros y amarillistas, de la oposición mediática (la única que parece contar a la hora de intentar fijar una agenda que no llega a suscitar demasiadas expectativas en la opinión pública) por reinstalar el tema “Schoklender” transformando, una vez más, a ciertas fuerzas políticas en títeres de una escenificación cuyo libreto resulta impresentable, lo que predomina es una calma que sigue prefigurando lo que todo el mundo descuenta: un triunfo más holgado todavía que el que se alcanzó en la primarias de agosto. Entre perpleja y demudada, la oposición no alcanza a comprender qué sucedió entre las ilusiones desatadas por las elecciones de junio de 2009 y este presente aciago en el que la sensación de final anunciado la llena de una desilusión que anticipa un oscuro saldo de cuentas cuyas facturas serán muy gravosas.
A Cristina no le hace falta hacer campaña, le basta con seguir gobernando y con amplificar la multiplicidad de obras y de intervenciones locales e internacionales que la siguen poniendo años luz de una dirigencia opositora que nunca logró encontrar el tono ni los modos adecuados para enfrentar a quien apela a su indudable capacidad retórica asociada a su prolífica y variada construcción política (en una misma semana se desplazó con absoluta soltura desde París a Merlo, pasando primero por ese magnífico acto en el que se premió la actividad infatigable de las Abuelas de Plaza de Mayo y terminando en la inauguración de una nueva universidad nacional en el Gran Buenos Aires, señalando, con actos y hechos elocuentes, qué significa inclusión e igualdad de oportunidades. Mientras esto hacía la Presidenta, la oposición representaba la comedia de la “visita” de Sergio Schoklender al Congreso.
Dicho de otro modo: mientras la mayoría de la oposición se pliega sumisa a los designios de la corporación mediática, Cristina gobierna y se desentiende de una agenda malsana que, sin ton ni son, intenta colocar quien profundiza el camino del autodescrédito. Pocas veces en la historia democrática argentina resultó más claro y evidente el proceso de desbarrancamiento de una oposición incapacitada para comprender los cambios decisivos que vienen desplegándose en el país y que simplemente ponen en evidencia lo rudimentario de sus estrategias que intentan dañar un proyecto que sigue su marcha amplificando su base de sustentación social (incluso los empresarios han dejado para otra oportunidad sus veleidades opositoras y hasta la propia mesa de enlace no parece ser otra cosa que un mal recuerdo mientras Biolcatti no sabe cómo hacer para que nadie recuerde su discurso de película de terror clase B en la Sociedad Rural). Tal vez una de las consecuencias de los resultados electorales de octubre sea la redefinición del mapa político desplazando de la escena a quienes no han logrado comprender que algo sustantivo viene ocurriendo en el país desde mayo de 2003.
El desafío, en todo caso, ya no proviene de la oposición (apenas si Binner intenta desmarcarse un poco de tanto grotesco buscando convertirse en una alternativa creíble y proyectando a su fuerza como la única que garantiza cierta racionalidad a la hora de abrir un debate político respecto del rumbo del país) sino, antes bien, de las distintas interpretaciones que en el interior del kirchnerismo buscan definir el hacia dónde de un modelo que hoy no encuentra adversarios de fuste y que por lo tanto acabará desplazando la discusión hacia sus propias fuerzas. De ahí que la pregunta que predomina gire, con insistencia, en las distintas significaciones de la supuestamente enigmática profundización del proyecto.
Están los que le temen a una suerte de radicalización y que, por lo tanto, buscan ponerle paños fríos a los ímpetus transformadores destacando que lo fundamental ya se hizo y que de lo que se trata es de mejorar el modelo sin lanzarse a nuevas aventuras que pueden ser peligrosas tomando en cuenta el difícil panorama de la economía mundial. Están los que señalan que con el casi seguro triunfo de octubre se cierra una etapa que comenzó cuando la mesa de enlace se lanzó a su acción destituyente en marzo de 2008, que tuvo momentos arduos y complejos que lesionaron al Gobierno llevándolo a una situación delicada de la que salió doblando la apuesta y reconstruyendo base de apoyo electoral. El cierre de esa etapa supone, para esta interpretación, que ahora se abre un tiempo de consolidación y profundización que deberá girar alrededor de un concepto reiteradamente señalado por Cristina: la igualdad entendida como un entrelanzamiento de ampliación de derechos (el ejemplo sería el de la Ley de Matrimonio Civil Igualitario) y de mejoramiento sustantivo en la distribución de los ingresos achicando el margen de desigualdad que sigue siendo la marca de origen del neoliberalismo.
Defender el concepto de igualdad supone dar un paso adelante en la arquitectura de una sociedad que vaya recuperando niveles de equidad que, en otro contexto de su historia, constituyeron la base de un país altamente inclusivo y caracterizado por la amplitud de su movilidad social ascendente (Néstor Kirchner solía repetir esta herencia malgastada en su momento y que él soñaba con recuperar reinstalando entre nosotros una nueva versión del Estado de bienestar). Ambas posiciones saben que el tiempo que se abre será una época de interesantes conflictos (entendiendo siempre que esa palabra lejos de implicar un peligro para la democracia constituye su núcleo de renovación y reinvención) nacidos de una realidad que ha expandido el crecimiento económico, la recuperación del empleo junto con la consolidación del poder adquisitivo del salario y la ampliación de una política de derechos que redunda en la potencialización de sujetos social y políticamente activos. De ahí que el desafío de los próximos años se relacione directamente con estas tensiones creativas y con aquellos escenarios en los que estarán quienes buscarán reintroducir los frenos a esa recuperación de la parte que les corresponde a los asalariados del PBI y quienes buscarán amplificarla más y más. En el interior de estas tensiones se expresará el alcance o no de lo que hoy se llama “profundización”.