Oct 12 2017 - 10:38

Las perversiones sexuales de Hollywood

La escena sexual

Leonardo M. D’Espósito
@despoleo
ldesposito@diariobae.com

En 1955, Norman Mailer publicó una novela llamada El parque de los ciervos, que tuvo alguna reedición en Tusquets un par de décadas atrás. Era la historia de Hollywood y de un productor que utilizaba su poder para obtener sexo y dinero. El mito de que eso sucedía en la meca del cine es bastante antiguo y hoy aparece nuevamente confirmado por la espectacular caída de Harvey Weinstein, el otrora todopoderoso productor y distribuidor -bastante inescrupuloso, por cierto- del mal llamado "cine independiente" de Estados Unidos. La carrera de Weinstein, famoso por sus más que agresivas campañas por el Oscar, está llena de triunfos. Sin él, quizás no habríamos sabido de la existencia de un tal Quentin Tarantino, o de Steven Soderbergh, ni George Clooney se habría animado a la dirección. El hombre es un asiduo de Cannes, donde además se embolsó varias Palmas de Oro. Pero también, sin él, nos habríamos salvado de La vida es bella, Shakespeare apasionado o El artista, por mencionar solo algunas de sus "producciones intervenidas". Weinstein, como el mítico productor de los años ‘30 Irving Thalberg, se metía de lleno en las películas y las cambiaba para hacerlas asequibles a todos los públicos manteniendo el estatuto de "independiente", aunque sus producciones gozaban de millones. Claro que no lo hacía con todo el mundo (vayan a decirle a Tarantino "cortá esa secuencia que a la señora de Minnesotta le va a parecer muy sangrienta") pero sí, sobre todo, con los realizadores no estadounidenses. El tanque yanqui final de La vida... o el casting de El artista son intervenciones de Weinstein.

El sexo siempre fue excusa para atacar a la industria del entretenimiento e incluso justifi car los abusos

Ahora sabemos que no sólo intervenía en las películas sino también en la vida de las personas de la manera más tremenda. Primero fue la actriz y realizadora Asia Argento la que salió a contar los abusos sexuales y psicológicos de los que fue víctima por parte de Mr. H. Luego, más mujeres poco conocidas, que además hacían partícipes de estos asuntos a los directivos de las empresas Miramax y The Weinstein Co. (las dos que fundó con su hermano Bob) que, queda claro, sabían de los arrebatos eróticos del hombre. Y más tarde, gente muchísimo más conocida como Gwyneth Paltrow o Angelina Jolie. Por cierto, todavía hay gente que acusa a las víctimas, sin tener en cuenta la situación de indefensión en la que se encontraban en tales circunstancias. Y aquí es donde volvemos con el señor Mailer.

Para el autor de La canción del verdugo, en la novela queda claro que toda persona que va a Hollywood en busca de una carrera es idiota, y que si algo malo le pasa, de alguna manera se lo tiene merecido. Es el "algo habrá hecho" del escritor comprometido estadounidense, que ve Hollywood como la trivialización del arte, el opio de las masas, la incultura en estado puro. Por suerte hubo gente (en Francia, claro) que se dio cuenta de la mentira más o menos al mismo tiempo que el novelista publicaba El parque.., uno de sus peores libros. Pero la leyenda negra continúa.

Y aquí, amigos, es donde debemos hacer historia. La relación de Hollywood con el pecado es un invento que proviene de los medios desde principios del siglo XX. La Iglesia Católica -aún minoritaria en aquel país, aunque mayoritaria donde nació el cine, la zona de Nueva York- veía el cine como una amenaza para la moral, y no cejó en su cruzada contra el sexo y la perversión que surgían de la pantalla. De hecho, el famoso "Código Hays", ese reglamento que se autoimpusieron los estudios para eludir temas e imágenes en 1936, fue diseñado por curas católicos irlandeses. Y la prensa -especialmente la prensa de William Randolph Hearst, el modelo del Charlie Kane de El Ciudadano- fue cómplice de eso. Es cierto que hay cosas turbias: el escándalo más famoso fue el de septiembre de 1921, donde el cómico Roscoe "Fatty" Arbuckle, el hombre que le dio la primera oportunidad en el cine a Buster Keaton, pudo -o no, nunca se terminó de probar- violar, en una fiesta donde hubo demasiado alcohol, a una chica con una botella, provocando una hemorragia que terminó en muerte. El mito dice que su carrera murió allí y es cierto, dejó la pantalla pero no Hollywood: fue gagman muchos años y vivió decentemente. No es el único escándalo, por cierto, pero entre eso y los chistes sexuales de Mae West en los comienzos del sonoro, todo terminó en turbiedad.

Pero el puritanismo de derechas e izquierdas en Estados Unidos hizo que Hollywood fuera siempre acusado de Sodoma constante, de purulento y lúbrico tumor en la virtuosa América. Cosa que es falsa: Hollywood, hecho sobre todo por inmigrantes, siempre tuvo una relación conflictiva con el Estado americano, siempre fue cuestionador. Vean Lo que el viento se llevó o las películas de la Warner en los ‘30. O vean los westerns de John Ford. O los largos de Chaplin. Pero la mejor manera de convencer a todo el mundo de que se trataba del medio que extendía el pecado era el sexo. Y las víctimas, volvamos a decirlo, se lo merecían.

Hoy, las reacciones alrededor del caso Weinstein tienen un poco de esa moral decimonónica e hipócrita, la de "actrices, báh, se lo merecen", versión casi sofisticada de la pollerita corta. En lugar de sacar el foco del cine y hablar de que un tipo con inmenso poder lo ha utilizado, sin empatía alguna por sus semejantes, para satisfacer cada instinto. Eso pasa en el cine, en la medicina, en la política y en la Iglesia, por qué no. A veces se requiere una verdadera honestidad intelectual y no un feminismo cosmético o la búsqueda del detalle escabroso. No es el sexo la causa del problema, sino la maldad de un psicópata como hay muchos en cada orden de la vida.

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