Ago 23 2017 - 12:29

Macri 2019 en el mundo del “Estados Unidos primero”

Por Alejandro Bercovich
abercovich@diariobae.com

De impecable traje azul y corbata bordó, Martín Insaurralde aguardaba callado en la segunda fila del auditorio montado en el viejo recinto de la Bolsa para recibir al vice de Donald Trump, Mike Pence. Cerca suyo pasó Adrián Werthein, jefe del Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP) y cabeza del grupo W, que reparte sus negocios entre el agro, los seguros y el consumo masivo.

-¿Y, Adrián? ¿Cuándo me vas a invitar a almorzar? -reclamó amistoso el intendente de Lomas de Zamora, uno de los 34 distritos bonaerenses donde Cristina Kirchner se impuso a Esteban Bullrich el domingo, frente a los 101 que se tiñeron de amarillo.

-¡Hola, Martín! ¡No te había visto! ¿Y vos cuándo vas a cambiar de partido? -bromeó el empresario.

El marido de Jesica Cirio apenas respondió con una sonrisa. Después la charla derivó hacia el inminente nacimiento de su hija y fue todo ternura. Pero el chiste de Werthein desnudó el ánimo triunfal que se apoderó del establishment tras las victorias que enhebró el oficialismo en las PASO en provincias donde no se lo esperaba (como San Luis, La Pampa, Neuquén y Entre Ríos) e incluso en localidades bonaerenses que gobierna el peronismo. Aunque el escrutinio definitivo arroje como ganadora a la expresidenta frente a Bullrich, será por menos de un punto y con chances de revertirse en octubre.

Nada podía empañar entre los 500 empresarios y funcionarios presentes el martes en la Bolsa la sensación de que el Gobierno salió fortalecido de las urnas para encarar un programa de reformas más audaces, como las que reclaman los hombres de negocios. El fin de la transición. La puerta abierta a la reelección. La atomización opositora. La defunción de Cambiemos como mera alianza electoral y su nacimiento como partido político, como definió lúcidamente el politólogo Julio Burdman. Algo que, en realidad, ya podía atisbarse antes de un nuevo test electoral para el cual la cúpula del poder económico volvió a subestimar equivocadamente al Presidente y sus CEOs.

Werthein no votó. Siguió las elecciones desde el exterior como Eduardo Eurnekian y el jefe de la Unión Industrial, Miguel Acevedo. Pero las caras del martes en la Bolsa no admitían dobles lecturas. El veterano banquero Willy Stanley, padre de la ministra de Desarrollo Social, repartía abrazos como en un casamiento. “La gente votó ir para adelante”, celebró ante BAE Negocios el titular de IRSA y zar de los shoppings Eduardo Elstzain. “El gobierno consiguió un gran apoyo”, coincidió el presidente de la Sociedad Rural, Luis Miguel Etchevehere, quien pulsea desde las sombras para reemplazar a Ricardo Buryaile como ministro de Agroindustria. No era la perenne complacencia on the record de esos cenáculos hacia todos los oficialismos. Había convicción, quizá por primera vez desde los años noventa.

Bondiolita al limón

Encantado con el resultado del domingo y con el rally alcista de la Bolsa que lo recibió, Pence no dudó. "El modelo de Argentina es el futuro", dijo. "Por suerte no está sola. La buena noticia es que hay esfuerzos similares en toda la región y América latina está eligiendo el camino del progreso y de la reforma económica", agregó. En esa línea, elogió la draconiana reforma laboral que acaba de aprobar el Brasil de Michel Temer. Y por si quedaban dudas, aclaró que su gira se limitaba a los “aliados más fuertes” de Washington en la región: Colombia, Panamá, Chile y Argentina. Del otro lado de la Cordillera, el derechista Sebastián Piñera aspira a volver a La Moneda en noviembre. Macri lo recibió en la Rosada menos de 24 horas después que al vice de Trump.

Algunos empresarios, sin embargo, fruncieron el ceño cuando Pence repasó los acuerdos comerciales que selló durante su visita. Dijo simplemente que beneficiarían “a los productores de cerdo americanos y a los consumidores argentinos”, sin siquiera mencionar que a cambio impulsaría la prometida apertura a los limones tucumanos o la continuidad de las compras de biodiésel criollo, amenazadas por un reclamo antidumping de competidores norteamericanos y diez veces mayores que los potenciales envíos del cítrico.

Lo que festejó Pence fue la apertura por parte del Gobierno de una cuota de importación de cortes de cerdo por la que los productores porcinos locales ya advirtieron que seguirán cerrando criaderos como en 2016, cuando las compras al exterior representaron casi un 10% del consumo local. Y la ausencia de una contrapartida visible inquieta a empresarios que coinciden con Macri en el alineamiento con Washington pero que también saben que, en geopolítica, todo se cobra. La retórica del inquilino menos pensado de la Casa Blanca pone al Gobierno en contradicción con su propia prédica antipopulista. El lema “America first” (Estados Unidos primero) quiere decir literalmente eso: Pence incluso subrayó que “el crecimiento es todo” y se ufanó de haber creado un millón de puestos de trabajo en un año. Como si hablaran Néstor y Cristina Kirchner.

¿Será la apertura del mercado argentino de bienes de consumo la moneda de cambio para volver al mundo? ¿Llegarán las inversiones extranjeras que compensen esa destrucción de puestos de trabajo ahora que el Gobierno se encamina a terminar su mandato sin la sombra acechante que habría representado un triunfo aplastante de Cristina Kirchner en el distrito más populoso del país? Lo segundo está por verse. Lo primero empezará a definirse antes de fin de año, en la cumbre ministerial del G-20 donde Washington buscará revancha de aquel “ALCA-rajo” de 2005. El Gobierno acaba de hacer un guiño sutil que anticipa que sí: dejó de entregar a las cámaras de fabricantes de bienes “sensibles” la información sobre los importadores de productos que compiten con los suyos. Gracias a esas estadísticas, por ejemplo, los dueños locales de aserraderos supieron que durante la primera mitad de 2017 entraron al país un 32% más muebles que el año pasado. Y que dos docenas de retailers y cadenas de supermercados explicaron la mitad de esas compras.

Pegar y negociar

Ahora la disputa pasa por el orden de las reformas que llevará adelante el Gobierno montado en su triunfo. Y en las resistencias que podría enfrentar, ya no en las urnas sino en las calles. Roberto Urquía, dueño de Aceitera General Deheza y exsenador kirchnerista que rompió con Cristina durante la crisis de 2008, tiró la primera piedra en el precoloquio que convocó IDEA en Rosario: el tridente para recuperar competitividad, dijo, consiste en bajar impuestos, flexibilizar convenios laborales y bajar el costo del flete barriendo con los camioneros y mejorando el transporte ferroviario hacia los puertos.

La reforma impositiva ya está en marcha. Desde enero, las retenciones bajarán medio punto por mes. Eso las llevará del 30% al 24% durante 2018 y del 24 al 18% durante 2019. No es un golpe letal para el fisco, porque las retenciones representaban el 6,7% de la recaudación en 2007 y tocaron un techo del 9% en 2008 para luego caer al 3,6% en 2016, luego de la rebaja dispuesta apenas asumió Macri. Pero sí obligará a recortar gastos. Máxime si Nicolás Dujovne aspira a reducir a la vez otros tributos. La anestesia del endeudamiento empieza a generar efectos colaterales.

Hugo Moyano, aludido doblemente por Urquía como gremialista y como prohombre del transporte rutero, mantiene su política vandorista: pegar y negociar. Lo primero le corresponde a su hijo Pablo, tal como se vio anteayer en el Consejo Directivo de la CGT, donde se trenzó con el mercantil Armando Cavalieri y terminó por forzar la ratificación de la marcha de la CGT el martes a Plaza de Mayo. Las negociaciones se las reserva para él. Lo supieron Rogelio Frigerio y Jorge Triaca en el afable almuerzo que, a la misma hora de esa tensa reunión en Azopardo, compartieron con el camionero, José Luis Lingieri y los jefes de gremios petroleros.

La gobernabilidad, además de victorias electorales, requiere hacer equilibrio entre poderes con mandatos más largos que los de un diputado o un senador. Aquel nestorismo que ahora destacan hasta quienes entonces lo torpedeaban, por ejemplo, supo contener a Urquía y a Moyano al mismo tiempo. Pero claro, eran épocas de salarios extraordinariamente bajos que la Argentina solo tolera tras crisis como la de 2001.

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