May 25 2017 - 20:44

Luces y sombras de Corea del Sur, el contramodelo de Australia al que aspiraron los K

                                        

Alejandro Bercovich
abercovich@diariobae.com

Desde Seúl.- La muletilla que los 50 millones de surcoreanos repiten en cada conversación sintetiza su estilo de vida y la impronta de su economía, protagonista de una de las transformaciones más vertiginosas de la historia del capitalismo. "Pali-pali" significa "dale, dale" o "rápido, rápido" y ésa parece la meta permanente de la potencia más joven del mundo, que se prepara para estrenar a fin de año sus nuevos celulares 5G (20 veces más rápidos que los LTE) y que acaba de invertir 10.000 millones de dólares para renovar todas sus autopistas e instalar un tren bala capaz de cruzar su territorio de costa a costa en una hora y media. Una carrera cruzada en lo que va de 2017 por las renovadas tensiones con su vecino-enemigo del Norte y por una crisis política que no solo llevó a la cárcel por corrupta a su expresidenta, Park Geun-hye, sino que puso también en cuestión los dos pilares de su "milagro" económico: el apoyo incondicional de Estados Unidos y la vigencia de los chaebols, sus todopoderosas megacorporaciones familiares.

El momento bisagra que atraviesa la República de Corea tiene especial interés para Argentina ahora que Cristina Kirchner vuelve a crecer en la escena política criolla, dado que su desarrollo tardío fue un ejemplo a seguir para varios economistas de su gestión. A diferencia de Australia, el modelo con el que sueña el equipo de Mauricio Macri, este país no basó su salto adelante en la explotación de los recursos naturales -que casi no tiene- sino en la industria manufacturera, que pasó de representar un 14% de PBI en 1965 (menos que en Argentina hoy) al 31% en 2015. También lo hizo mucho más rápido: en menos de cuatro décadas pasó de tener un ingreso per cápita similar al de Ghana a uno comparable al de Italia. Claro que ni su experiencia ni la australiana pueden extrapolarse linealmente ni leerse fuera del contexto de la Guerra Fría, que marcó a fuego tanto a los canguros como a la excolonia japonesa.

Lo primero que se percibe en Seúl, esta abigarrada pero impecable megalópolis donde se apilan 12 millones de personas, es la omnipresencia de las empresas que llevaron al país al puesto 11 entre las mayores economías del planeta. Estimuladas pero también guiadas con mano de hierro entre 1961 y 1979 por la dictadura pronorteamericana del general Park (padre de la expresidenta conservadora recién destituida), gigantes como Samsung, Hyundai-Kia, LG, SK Group o Posco controlan el 60% de la producción y moldean de principio a fin la vida de sus empleados, que ganan bien pero son perseguidos y espiados si se afilian a un sindicato o si reclaman trabajar menos horas.

Esos conglomerados que abarcan desde la industria naviera hasta la automotriz pasando por la electrónica y hasta los parques temáticos quedaron en la mira del presidente asumido apenas dos semanas atrás, Moon Jae-in, un abogado de derechos humanos de centroizquierda que ahora busca limitar su poder. Su elección se dio justamente tras el escándalo de coimas que puso primero tras las rejas al mandamás de Samsung, Lee Jae-yong, y después a la expresidenta. Lo que busca Moon (acá los apellidos se escriben antes que los nombres) es reducir la influencia de los chaebols sobre la política y combatir a la vez las argucias contables mediante las cuales sus familias dueñas mantienen su control pese a detentar apenas un porcentaje ínfimo de sus acciones. Es una parada difícil: el poder de los Lee en el Sur es frecuentemente parangonado al de la dinastía Kim en el Norte.

Realidad virtual
Los coreanos saben que su fuerte es la tecnología. Por eso, pese al vendaval político que recién empieza a amainar, se preparan para usar en febrero los Juegos Olímpicos de invierno en las montañas de PyeongChang como una plataforma para mostrarle al mundo lo que son capaces de hacer. Durante los Juegos se pondrá a prueba el servicio de celulares 5G, que arranca como piloto a fin de año en cuatro ciudades. Es un servicio de transmisión de datos 20 veces más rápido que el LTE pensado para transmitir hologramas, video 3D y realidad virtual.

La idea es que el evento sea ultra-tecnológico: el público podrá ponerse en la piel de los atletas gracias a anteojos especiales y cámaras abrochadas a sus cuerpos, moverse en autos sin chofer o en colectivos con ventanas que a la vez son pantallas touch, usar la "realidad aumentada" para guiarse con el teléfono hasta sus asientos en los estadios o verlo desde Occidente en Ultra HD, una norma cuatro veces más nítida que el Full HD, desarrollada por japoneses pero perfeccionada por ellos. "Nosotros ahora tenemos mejor tecnología que Japón y vamos a aprovechar estos Juegos para mostrarla", desafía ante BAE Negocios el director del equipo de tecnología olímpica que armó el Ministerio de Ciencia, TICs y Planeamiento del Futuro (sic), Jeong Ho-choi.

El futuro es una obsesión para el gobierno y las empresas. No en vano uno de cada cinco de los 325.000 empleados de Samsung, el mayor de todos los chaebols, trabaja en investigación y desarrollo. Casi 35.000 lo hacen en la Digital City de Suwon, un megacampus con helipuerto ubicado una hora al sur de Seúl, donde la compañía lanzó este año sus últimos chiches: una heladera inteligente con cámaras en su interior, pantalla de 21 pulgadas y conexión remota al celular y una cámara 360º para grabar y transmitir realidad virtual.

“Dale, dale”, parece ser la meta permanente
de la potencia más joven del mundo

El problema para un país que ya sacrificó íntegras a la generación de la guerra y a la siguiente es cuánto cuesta ese futuro. La superexplotación en esas megacorporaciones familiares es casi una tradición, que deja ver sus cicatrices frente a la imponente plaza Gwanghwamun y su monumento al rey Sejong el Grande, inventor del alfabeto coreano. Ahí, en plena calle, una pancarta prolijamente gigantografiada muestra la cara de un técnico de Samsung, de camisa y corbata, que se suicidó en 2014 por la presión que sufría ahí. Pese a su milagro económico, Corea del Sur tiene la segunda tasa de suicidios más alta del mundo según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estás despedido
El nuevo jefe de Estado viene a tratar de achicar esos abismos sociales. Por eso ya propuso subir el salario mínimo un 50% (de 6,10 a 9,40 dólares por hora) y desplegar inspectores para reducir la informalidad, que afecta a 6,4 de los 19,6 millones de trabajadores coreanos. Si realmente lo hace chocará con las megacorporaciones, que persiguen y marginan abiertamente a los empleados que procuran organizarse bajo el ala de algún sindicato, algo impensable en Europa. Las únicas donde los gremios son fuertes son las fábricas de autos, como Hyundai o KIA, donde un operario recién contratado gana el equivalente a 60.000 pesos argentinos por mes por ocho horas diarias.

Pero para llegar hasta acá, además de un régimen desarrollista totalitario que durante casi dos décadas mantuvo a empresarios y trabajadores alineados tras sus objetivos, Corea se apoyó en una gigantesca asistencia financiera estadounidense (miles de millones de dólares que cubrieron sus sistemáticos déficits de cuenta corriente durante un cuarto de siglo) y una celosa protección de su mercado interno. Y ambas cosas entraron en crisis con el inesperado triunfo de Donald Trump, quien para peor sumó incertidumbre a la región con sus provocaciones contra China y Corea del Norte.

Trump calificó semanas atrás el acuerdo de libre comercio firmado en 2007 con su aliado militar como "horrible" para Estados Unidos y advirtió que buscará renegociarlo. Su interés es comprensible: de los 3 millones de autos por año que exporta Corea del Sur, por ejemplo, casi un millón lo compra el Tío Sam. En las calles de Seúl, en cambio, es casi imposible encontrar un auto norteamericano.

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