May 18 2017 - 19:31
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Ser señor de uno mismo

Los valores para lograr un crecimiento personal y social

Lic. Aldo Godino
agodino@cronica.com.ar
Especial para BAE Negocios

Vivimos en un mundo de cambios no siempre comprendidos. Todo va demasiado rápido. Lo que hoy vale y sirve, en un tiempo breve se diluye y pierde consistencia. Hay confusión y no está claro qué nos ayuda a crecer como personas. No siempre nos animamos a apostar por aquello que nos perfecciona, porque en definitiva no estamos seguros de acertar.

Es que sobrevolamos una cultura ciertamente relativista. Nos instalamos en un clima psicológico donde todo se vuelve líquido, etéreo, desdibujado, difuso. Mucho depende en último término del punto de vista de cada uno. Al final se aterriza en el "todo vale". Hay un eclipse de la verdad misma. Todas nuestras ideas y todos nuestros juicios están filtrados, condicionados por nuestra particular perspectiva.  "En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira", decía el español Ramón de Campoamor. Y suena absolutista decir que todo es relativo.

En los conflictos, no basta enumerar con lucidez las dificultades o peligros; hay que mostrar sobre todo las grandes metas a las que debemos aspirar y las fuentes en las que podemos abrevar nuestras potencias regeneradoras. Es la serenidad de los valores; es el trasfondo de la ética. Las situaciones difíciles muestran las buenas personas.

No hay dudas de que la dignidad humana es inseparable del conjunto de convicciones morales que acompañan a las mujeres y hombres de todo tiempo y lugar. Sin embargo, una serie de circunstancias han permitido que la línea roja que separa el bien del mal se haya convertido en algo nebuloso, poco claro. Hemos perdido el horizonte en muchos aspectos de nuestras vidas, en ocasiones deslumbrados por una ciencia que ha producido cosas muy buenas, pero también bombas atómicas, guerra química, masacres, experimentos médicos terribles, manipulación genética. Lewis hablaba de la "abolición del hombre".

Ortega, por su parte, afirmaba: "Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa". Y lo malo es que no lo sabremos nunca mientras impere la ética de la encuesta, del oportunismo, de lo que suena bien o de lo políticamente correcto. Es muy urgente que vuelva el sentido común, la búsqueda de la grandeza del hombre por la captación de los principios morales básicos y su aplicación en nuestras vidas.

Sí, la ética es una nebulosa porque se pone el límite donde conviene al que lo traza, seguramente sin pensar en sus graves consecuencias. Hay una fuerte tentación: referirlo todo a los demás y esperar inútilmente de los otros la respuesta a la vida misma. La "culpa" la tiene la política, la Iglesia, los docentes, los empresarios y cualquiera que nos sirva de "chivo expiatorio" para nuestra irresponsabilidad. Por eso es necesario recuperar la conciencia, como orientación al bien, y volver al principio de la ejemplaridad. No existen sistemas para liberarnos del trabajo de ser buenos. Esos intentos deben ser profundamente personales.

Rescatemos lo maravilloso del esfuerzo
que significa el dominio de uno mismo

Pensemos en valores para lograr un crecimiento personal y social. Necesitamos elevar el nivel para buscar una convivencia de calidad que acabe notándose en la amabilidad del trato, en la paciencia para escuchar y comprender, en la honradez para no hacer de la política el arte de atacar mejor al oponente mientras el país se desangra, en negocios apartados de la codicia y orientados al hombre, en la autenticidad del sindicalista, en la coherencia de los ministros religiosos, en la valentía de periodistas claros, en leyes no arbitrarias, en jueces no presionados ni politizados, en la solidaridad personal y comunitaria, en el cariño por niños, enfermos y ancianos, en la lealtad de las relaciones. En definitiva: no generalizar la vulgaridad ni lo mediocre.

Rescatemos lo maravilloso del esfuerzo que significa el "dominio de uno mismo", o sea, el "señorío" sobre la propia persona. Seremos plenamente libres cuando nos hagamos, en los valores, dueños de nuestros actos, de nuestra interioridad y de la manifestación de la misma. Nadie elige venir al mundo, pero todos elegimos cómo vivir en él.

"Un constructor estaba listo para retirarse a disfrutar su  jubilación. Le contó a su jefe acerca de sus planes de dejar el trabajo para llevar una vida más placentera con su esposa y su familia. El jefe se dio cuenta de que era inevitable que su buen empleado dejara la compañía y le pidió que hiciera el último esfuerzo: construir una casa más. El hombre accedió y comenzó su trabajo, pero se veía a las claras que no estaba poniendo el corazón en lo que hacía. Su trabajo era deficiente.

Cuando el albañil terminó el trabajo, el jefe fue a inspeccionar la casa y le extendió las llaves de la puerta principal. "Esta es tu casa, querido amigo —dijo—. Es un regalo para ti". Si el albañil hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, seguramente la hubiera hecho mejor.

Construimos nuestras vidas de manera distraída, y sin poner lo mejor de nosotros. Entonces de repente descubrimos que estamos viviendo en la casa que nosotros mismos hemos construido. Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos hecho diferente."

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