Abr 19 2017 - 22:52

Porno, posverdad y reflujo conservador

                              

Leonardo M. D’Espósito
ldesposito@diariobae.com

Se habla en estos días de algo llamado "posverdad", una aberración que implica que cualquiera puede decir cualquier cosa y esa cosa debe ser considerada verdadera hasta que alguien la niega. Pero como eso ya ha sido publicado, alguien pudo tomarlo como cierto y lo que deja de creer es su desmentida. Como se sabe, la gente suele informarse con medios que reflejan sus propios prejuicios. Entonces empieza el caos informativo y, peor, cualquier cosa que se diga tiene visos de realidad. Esto no es algo que suceda en Argentina: es un hecho generalizado a nivel global. El aumento exponencial de información y el poder decreciente de los niveles de control y chequeo de esa información (las redes sociales, por ejemplo, no "chequean" lo que dicen sus usuarios) hace que este caos crezca y las "grietas" entre quienes creen A y No A crece. Es un gran problema y quizás lleve mucho tiempo recuperar el equilibrio.

De hecho, ese caos ha causado un enorme retroceso para algunas ideas y libertades que parecían consolidadas. Esta columna es sobre sexo y pornografía, y por allí suelen colarse también muchas de las acciones reaccionarias en países como Estados Unidos (pero no solamente), donde el conservadurismo es muy fuerte. Algo ha pasado: después del triunfo de Donald Trump como presidente, gran parte de la población que lo apoyó -es decir, gran parte del cinturón de los cereales y del "Bible Belt", los más conservadores de EE.UU.- empezó a reaccionar contra la pornografía. Veintisiete estados empezaron a crear legislación que obliga a que todas las computadoras que se vendan tengan filtros de seguridad incorporados. En seis de ellos, se pretende declarar "tóxica" a la pornografía (recordemos que en 1973 se publicó un informe multidisciplinario del Congreso de ese país donde se demostró que el porno es inocuo). Y en Utah, el hogar de los mormones y uno de los de más rígida moral religiosa (paradójicamente el estado con mayor porcentaje de mujeres consumidoras de pornografía: el 54% del público del género) se aprobó que los padres puedan demandar a las compañías XXX si sus hijos acceden a material adulto. Se habla -delicias de la "posverdad"- de una crisis de salud pública totalmente inexistente.

En más de la mitad de los estados de EE.UU. se habla del
porno como una “crisis de salud pública”

Todas estas leyes son inconstitucionales, lo que implica que, con el paso del tiempo, deberían caer en el caso de que lleguen a ser aprobadas (las que no lo están). Pero el problema es mucho más serio. Los productores de pornografía pensaban que las cosas que decía al respecto Trump en la campaña eran sólo ruido para ganar votantes en los estados más conservadores. Llegó a decir que el porno no merecía los beneficios de la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que es justamente la que permite la libertad de prensa y expresión. Pero dadas las actuales circunstancias, ya nada es tan seguro.

Sin embargo, hay algo más. El propio caos informativo, la propia existencia de las redes sociales y de internet misma, logran que cualquier intento regulatorio choque contra las herramientas matemáticas. Todo puede ser crackeado, todo puede ser burlado sin demasiados problemas, cada vez a mayor velocidad. Lo que nos lleva a pensar en qué significa este reflujo ultraconservador y esas grietas binarias.

En Utah los padres de menores pueden demandar a empresas
porno si los chicos acceden a esos contenidos

Probablemente lo que suceda es que el mundo del siglo XXI está convirtiéndose en una realidad que se lleva puestos muchos resabios del siglo XX. Pero las instituciones del siglo pasado -o del anterior: gran parte de los estados modernos siguen con la misma estructura del siglo XIX-, e incluso su mentalidad, se resisten a disolverse en el presente. Ha sucedido antes: piensen si no en las revoluciones y contrarrevoluciones que abundaron entre 1776 y mediados del siglo XX, por ejemplo. La historia no es una línea recta, sino una especie de mar que erosiona las costas de nuestros tiempos por oleadas. La gran pregunta es hasta dónde podrá sostenerse este reflujo conservador -sea de derecha o de izquierda, funciona en ambos sentidos. Probablemente sea sólo una fase y, pasado su clímax, volvamos a poder ser libertinos sin culpa. Sólo habrá que ver si aún estamos vivos para entonces.

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