Mar 19 2017 - 22:14

La apuesta por el campo y los dilemas de un modelo sin derrame

                      

Matías Kulfas*
Especial para BAE Negocios

Hace pocos días se conoció la noticia de que la producción de trigo creció un 63% respecto a la campaña anterior. Si bien aún no ha finalizado la campaña agrícola, las proyecciones indican que registrará un récord histórico. Asimismo, las ventas de maquinaria agrícola crecieron un 70% en términos reales en 2016. Diferentes analistas y voceros gubernamentales se han aventurado a hablar de un verdadero boom resultante de las políticas implementadas a partir de diciembre de 2015. El economista Orlando Ferreres ponderó estos resultados, enfatizando el récord productivo logrado tras solo el primer año de gestión de Macri (La Nación, 1 de marzo de 2017).

Veamos un poco más en detalle lo que está ocurriendo con el campo y sus impactos en el resto de la economía. Por un lado, efectivamente es una buena noticia el incremento de la producción de trigo. El aumento de la rentabilidad de este cultivo a partir de la eliminación de las retenciones a las exportaciones generó un fuerte aumento en su siembra y se están viendo sus resultados. La contracara es la caída que proyecta la producción de soja, el principal cultivo argentino, que se reducirá en torno al 5% respecto a la campaña anterior. La proyección que tenemos es que la producción agraria total crecerá un 4,1%, sin dudas un buen crecimiento, pero lejos de la espectacularidad que pretende el anuncio de un aumento del 63% en un solo cultivo, sin analizar la globalidad del mundo agrario.

La contracara de la cosecha récord de trigo
es que la producción de soja caerá cerca de 5%

Más aún, dicho crecimiento no luce tan espectacular si se lo compara con lo ocurrido durante el último quinquenio: la producción de los principales cultivos de cereales y oleaginosas creció a un ritmo del 4,4% anual entre las campañas 2010/2011 y 2015/2016 y redondeó un crecimiento anual del 5% considerando los 12 años de gobiernos kirchneristas.

El productor agrario define su plan de negocios de acuerdo al esquema de rentabilidades relativas. La eliminación de retenciones a las exportaciones de trigo y maíz mejoró la rentabilidad de estos cultivos y direccionó cambios en la siembra. La rotación de suelos es algo bueno y necesario. De hecho, ha sido un error de los gobiernos de CFK no haber calibrado la estructura de la alícuotas de retenciones entre diferentes productos, las cuales quedaron fijas después de la crisis del campo de 2008 durante más de 7 años. La campaña agrícola que se apresta a finalizar indica que hubo algo más de un millón de hectáreas menos de siembra de soja, pero casi dos millones más de trigo y 400.000 hectáreas más de maíz. En total, se sembraron casi 39,5 millones de hectáreas, 800.000 más que en la campaña anterior. Nuevamente, se trata de un crecimiento importante, pero inferior al registrado en 2014 y 2015. La pregunta es si la drástica eliminación de retenciones de fines de 2015 fue una medida debidamente calibrada o una mera aplicación ideológica y cercana a intereses particulares. Probablemente quien más euforia mostró tras el anuncio fue el Secretario General del gremio de trabajadores rurales (UATRE), Gerónimo "momo" Venegas, quien señaló que "el campo va a crear dos millones de puestos de trabajo en la inmediatez". Directivos de Monsanto señalaron que la producción crecería rápidamente un 50%, con perspectivas de alcanzar los 180 millones de toneladas de granos en la próxima década. Más aún, estimaron que el impacto de la actividad agraria se multiplicaría desde 2,7 millones de empleos directos e indirectos, un 17% del total del empleo, a un tercio de los ocupados (nótese el detalle de no hablar de incremento de puestos de trabajo sino de participaciones relativas, volveremos sobre este punto). Por su parte, el presidente de la Sociedad Rural Luis Etchevehere dijo, también a fines de 2015, que "este año quedaron dos millones de hectáreas sin sembrar de soja y ahora se van a sembrar" (ya vimos que el aumento del área sembrada fue en realidad un 60% inferior a lo pronosticado por Etchevehere).

Analicemos los impactos sobre el empleo. La última información publicada por el Ministerio de Trabajo indica que, a fines de 2016, la actividad agropecuaria empleaba a 322.000 personas (nos referimos exclusivamente al empleo en blanco, del otro no hablamos porque descartamos que no es al que hacía referencia Venegas a la hora de hacer su vaticinio). Comparando con el dato de fines de 2015, es decir el momento de cambio en la política agropecuaria, es posible verificar que en ese año se crearon 5.535 empleos, bastante lejos de los 2 millones de empleos. A la hora de hablar del impacto "indirecto" el análisis es algo más difuso y ha estado históricamente sujeto a interpretaciones interesadas (vale recordar un estudio realizado hace 15 años que llegaba a la conclusión de que el campo explicaba un tercio del empleo en Argentina, incorporando a los entonces beneficiarios de los planes Jefas y Jefes de Hogar, so pretexto de que dicho plan era financiado con las retenciones a las exportaciones agropecuarias). Lo cierto es que el trabajo rural se caracteriza por la terciarización: dos tercios de las tareas las realizan unidades económicas diferentes a las del propietario de la explotación. Entonces una parte significativa del empleo asociado al agro no es directo y presenta mayor complejidad a la hora de ubicar en qué rama de actividad está.

El impacto de la mayor rentabilidad del campo
sobre el empleo y otras actividades es mínimo

 

Durante el primer año de gobierno de Macri se registró una caída global de 43.600 puestos de trabajo formales en el sector privado. Prácticamente todos los sectores se vieron afectados, fundamentalmente la industria, que sufrió una caída de 47.800 empleos. El sector de transporte y almacenamiento, donde se podría ver algún efecto indirecto, también mostró caídas. La conclusión es que el impacto en el empleo de este proceso en el sector agropecuario es, a lo sumo, minimalista, y en modo alguno permitió compensar o siquiera aliviar el panorama general de caída en el empleo.

Por ello no es trivial la prudencia del vaticinio del directivo de Monsanto, quien prefirió estimar una mayor participación relativa del agro. En efecto, en un escenario de caída generalizada del empleo, es probable que el agro incremente su participación en el empleo total de la economía, pero no como resultado de un elevado dinamismo en dicha actividad sino de la tendencia declinante del resto de la economía.

Mencionamos el alza en las ventas de maquinaria agrícola, sin dudas un efecto asociado al crecimiento de la actividad agraria. El efecto positivo es muy claro pero vale realizar dos comentarios. El primero es que el impacto es menor si acotamos el análisis a la industria nacional. Por el contrario, se observó un salto muy significativo en las importaciones, de modo que el crecimiento real de la industria nacional ya no es del 70% como mencionábamos antes para el total de la maquinaria, sino del 38% en el caso de las cosechadoras, 13,6% para los tractores y 28,4% en el caso de los implementos agrícolas. Si bien el efecto es claro, el gran negocio vino por el lado de las importaciones y la industria nacional facturó unos 350 millones de dólares más que en 2015. Más aún, si observamos lo ocurrido con la totalidad de la industria nacional de maquinaria y equipos durante los tres primeros trimestres de 2016 es posible corroborar una caída del 2,3% en su valor agregado. En otras palabras, este crecimiento de la maquinaria agrícola nacional fue solo un pequeño oasis que de ninguna manera logró compensar la caída de la industria argentina de bienes de capital.

En definitiva, los argumentos y datos expuestos nos llevan a formular dos reflexiones finales. La primera apunta a matizar la euforia asociada al récord agropecuario. No hay tal boom, sí, en cambio, un crecimiento de la producción que, por el momento, no se sale de la tendencia general de la última década, aunque con mayor diversificación en torno a trigo y maíz (lo cual es bueno) pero no en cuanto a producciones regionales (lo cual no es bueno). Lo segundo, es que el impacto directo e indirecto sobre el empleo y otras actividades productivas es minimalista. El denominado efecto de derrame es prácticamente inexistente en esta actividad. Podrá argumentarse que habrá un efecto indirecto positivo a través de una mayor generación de divisas de exportación, pero si la moneda de cambio es una mayor liberalización financiera y la reducción de impuestos, no está nada claro que ese efecto se traduzca en una mayor holgura financiera y fiscal sino lo contrario. En suma, un análisis calibrado del efecto de este primer año de nueva política agropecuaria nos lleva a postular que el sector recibió mucho a cambio de un efecto muy pequeño sobre la economía y la sociedad argentina. Es necesario calibrar de manera más precisa la política agropecuaria y, fundamentalmente, no descuidar otros sectores que sí poseen efectos mucho más claros sobre la producción y el empleo.

* Economista. Director de Idear Desarrollo.

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