Ene 06 2017 - 1:19:
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El mundo amable y maravilloso de Wes Anderson

Cómo ingresar en el universo de un gran autor de hoy

Leonardo M. D’Espósito
ldesposito@diariobae.com

Entre los cineastas que han surgido en las últimas tres décadas, quizás Wes Anderson sea el que mayor simpatía despierta. El término “simpatía” no es gratuito: sus películas se recuerdan siempre con una sonrisa porque el propio Anderson es simpático tanto con el espectador como con sus personajes. La palabra puede entenderse mal, puede creer el lector que hablamos de una especie de condescendencia, pero no: queremos decir que Anderson quiere a todas sus criaturas, encuentra lo mejor de cada una y además es generoso con los espectadores. Mira a estas personas un poco melancólicas, un poco tristes, un mucho graciosas (porque Anderson, más que nada, es un comediógrafo) buscando qué es lo que los hace importantes e interesantes y nos comunica eso a través de una mirada comprometida con las emociones.

Sin embargo, Anderson, discípulo -con clases y todo- del gran Peter Bogdanovich, nunca opta por el gran histrionismo, por los rostros llenos de lágrimas, por el golpe bajo. Incluso cuando la muerte y la pérdida forman parte de su universo, nunca retrata tales cosas con patetismo, sino como parte de una vida que se mira desde una perspectiva amplia.

Esa perspectiva se refleja en el uso de los planos fijos y muchas veces abiertos donde los personajes se ven en detalle pero, al mismo tiempo, se combinan con el escenario y se vuelven un poco menos subrayados de lo que podrían parecer. Porque a Anderson le interesa entender qué les pasa y dónde les pasa lo que les pasa. Sus imágenes recuerdan al teatro, y en algunos casos el arte dramático aparece como tema (Rushmore, por ejemplo). También a la literatura, a la que se refiere en varias de sus mejores películas. Pero esta “impureza” de traer otros artes al cine tiene su razón de ser: no estamos desconectados de nuestra inteligencia. En el fondo, sus personajes son artistas con grandes ambiciones que siempre desean crear un mundo o vivir una aventura más grande que la vida. Y eso es, al mismo tiempo -y de allí el humor- muy valiente y muy ridículo. Las obsesiones de los personajes andersonianos pueden parecer absurdas, pero esa simpatía de la que hablamos obliga a que tanto el director como los espectadores las tomemos en serio.

Anderson ve con simpatía a
todos sus personajes

Para recorrer este mundo amable y -sí, el término no está de más poético, vamos a trazar un pequeño recorrido. Pero se puede empezar por cualquiera de sus filmes.

Hay mucho humor absurdo en
cada uno de sus filmes

1) Bottle Rocket. Su ópera prima, con la complicidad de Owen y Luke Wilson. Son tres tipos que quieren convertirse en maestros del robo sofisticado y, por supuesto, no les sale del todo bien, y a los que los sentimientos, las emociones, los paisajes terminan -digamos- distrayendo del objetivo. El mundo absurdo aquí se desenvuelve en el cotidiano, y el resultado es único.

2) Tres es multitud. En realidad, Rushmore. Aquí aparece Jason Schwartzman (actor fetiche del realizador) como un joven genial aunque mal alumno que primero se hace amigo de un millonario (un genial Bill Murray) y, después, compite de manera cada vez más absurda con él por el amor de una profesora. Hay momentos de gran poesía (los barriletes, por ejemplo) y de constante regreso a la infancia. La versión teatral de Apocalypse Now que el personaje de Schwartzman pone en escena es de antología, y muestra bien la desmesura asordinada del realizador.

3) Los excéntricos Tenenbaum. Quizás su obra maestra. Aquí se trata de una familia de genios (Ben Stiller, Luke Wilson, Gwyneth Paltrow, mamá Angelica Huston) que vive siempre en la tristeza hasta que reaparece papá Tenenbaum (Gene Hackman en uno de sus mejores trabajos, y mire que hay competencia para eso) y trastoca todo. El hombre es un poco vil, un poco irresponsable, un poco desaforado y es capaz de cualquier cosa, una especie de Mary Poppins a la inversa. Todo en la película -desde el diseño de vestuario hasta el uso de la música, que llega a un pico genial en una secuencia entre Luke Wilson y la Paltrow- está cuidado para generar emociones y risas. Hasta los secundarios (Owen Wilson, Danny Glover, el increíble criado indio que interpreta Kumar Pallana) son de antología.

4) El fantástico Mr. Fox. Anderson aquí juega a la animación y filma un cuento de Road Dahl (no hay películas malas basadas en Road Dahl) con muñecos y voces célebres (George Clooney, Meryl Streep). Y lo que podría ser un aleccionador relato ecológico sobre la mala relación de animales y humanos se transforma en otra cosa, en un verdadero torneo de inteligencia. La película es bellísima y, al mismo tiempo, de un humor agudo.

5) El Gran Hotel Budapest. Una verdadera hazaña. Un cuento dentro de un cuento dentro de otro cuento, narrada con tres formatos de pantalla diferentes (según la época que se esté contando) y que es la historia de la amistad entre el gran conserje de un hotel de lujo en la Europa Central de entreguerras (Ralph Fiennes con una vis cómica única) y un humilde botones que terminará heredando el edificio. Más el robo de un cuadro, más algunas tristezas, más una historia de amor, más una persecución, más una organización secreta de conserjes que casi funcionan como una especie de reunión de superhéroes, más el canto por un mundo más amable, más ético y más aventurero que, desgraciadamente, sólo queda para el cine. Porque sí, es también una película sobre el cine y sobre la lectura (aquí de Stefan Zweig, rara elección en el cine americano) como forma de acceder a la maravilla. ¿Cine de autor? Seguro, del que se comparte con el espectador agradecido.

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