Ene 01 2017 - 22:06

“Fiscalistas”: sustentabilidad y rebote

                            

Eduardo Luis Curia
Especial para BAE Negocios

Alfonso Prat Gay dejó el Ministerio de Hacienda y Finanzas. Se dice que fue “echado” por el presidente Macri. ¿Y los motivos? Se arguye que se trató de un choque de estilos, lo dirimió quien posee la mayor autoridad. El ex ministro, demasiado altivo, se alega, rehuía la dinámica de coordinación y horizontalidad que prefiere Macri y que supone múltiples focos de decisión debajo de su mando.

Así la historia, sólo pesaron roces personales y de estilos. Y los nuevos titulares de los ministerios resultantes del desdoblamiento aplicado Nicolás Dujovne de Hacienda, y Luis Caputo de Finanzas se explican por su mayor sintonía con el estilo presidencial. ¿Esto es todo? ¿No hay cuestiones más de fondo, aunque subyacentes?

Dujovne abunda en comentarios
económicos con énfasis en el frente fiscal

En cuanto a Caputo, éste ya tuvo una exitosa gestión “en su orden” en el plano de las relaciones financieras internacionales. No expone mayormente (sus) posturas de índole macroeconómica. Se supone que se centrará en obtener por distintas vías los u$s30/35.000 millones requeridos en principio en 2017 por el tándem déficit fiscal-compromisos externos.

Pero el caso de Dujovne es muy distinto. Abundó a través de distintas notas, incluida su columna en La Nación, en comentarios de tenor macroeconómico directamente relacionados con la política económica. Con énfasis en el frente fiscal. ¿Acaso estas opiniones son automáticamente relegadas al archivo al asumirse un puesto oficial prominente? Es entendible la prudencia del recién llegado. Pero, en el límite, sería una actitud puramente acomodaticia. No creemos en el caso que sea enteramente así.

Los “fiscalistas”
Las opiniones de Dujovne sobre la gestión fiscal de Prat Gay eran duras, contrastando aquélla con la claridad, decía, que mostraba el Banco Central. El gradualismo fiscal fue la bandera de Prat Gay, pero en la visión del nuevo ministro se acercaba al permisivismo. La política fiscal sufría un vacío programático y comunicacional. Las metas se relajaban de continuo, creando dudas en los inversores sobre si el Gobierno podía lidiar con el déficit. No se precisaba un horizonte en el tiempo, riguroso, que marcara el derrotero de la reducción del gasto público en términos reales.

Tales críticas no sonaban a chiste. Latía una cuestión clave de credibilidad fiscal. Un déficit fiscal alto en el origen es sostenible por un lapso, en tanto quede claro el programa plurianual dirigido al recorte del gasto y del déficit fiscal. De ocurrir esto, como expresaba el propio Dujovne, los beneficios futuros pueden “traerse al presente”.

Dadas estas aceradas críticas, se supone que Dujovne, por lo menos, debe pensar en definir, con el apoyo de todo el Gobierno, un programa como el arriba mencionado. Traduciendo una visión “fiscalista” de cierta recomposición de la política económica.

Es la tarea que correspondería al nuevo ministro, y que Julio Piekarz sintetiza muy bien, en la misma onda fiscalista, en una nota de días atrás. Como si Dujovne hablara a través de él. Surge así la necesidad de un programa fiscal plurianual claro y efectivo de reducción del gasto público y de eliminación del déficit fiscal (en el tiempo). Un programa, por lo menos pensado hasta 2019, que encare una reducción del gasto que cubra la exigencia del recorte del déficit fiscal y de la necesaria reforma tributaria. Otea el criterio de ceñir impuestos los “distorsivos”, así como también las distorsiones que contienen otros en dupla con la anulación en el tiempo del déficit fiscal. Esto daría la idea, en principio, de que el control del gasto exige un refuerzo ponderable.

La fórmula en cuestión la anticipó el mismo Dujovne en un artículo. Con un horizonte extendido de recorte del gasto público en términos reales “mientras la economía crece”, cabe en simultánea eliminar el défi cit, bajar la alícuota de Ganancias, quitar el impuesto al cheque y reducir a la mitad las contribuciones laborales (resurge como tesis el “ofertismo laboral”).

Fiscalismo y riesgos
Recapitulemos un poco. En esta columna hablamos mucho del giro estratégico pegado por Cambiemos a mediados de año después de un primer semestre áspero y pensando en los comicios de 2017. Se asumía un esquema con una determinada impronta reactivante, vía el consumo, la obra pública y alguna cosa más. Le cabían ciertas chances, pero también era evidente que, desde la perspectiva de la sustentabilidad macroeconómica, era bastante famélico en tanto se apoyaba en la toma de deuda externa militante, el laxismo fiscal y un tipo de cambio real esencialmente bajo. De todos modos, ese laxismo, o “gradualismo” como se lo llamó, lucía clave para aquella impronta, por lo menos, de cara a 2017. Sin duda, ese laxismo fue estirándose como un chicle, pero...

No cesó el relato de que, con el tiempo, se reencauzaría paulatinamente el frente fiscal. Sin embargo, el avance hacia el permisivismo, la falta de una comunicación clara y firme acerca del programa fiscal extendido, socavó seriamente la imagen de gestión de Prat Gay. Esto es, en el núcleo, lo que denuncian los fiscalistas. Con un aditamento que favorece sus prevenciones: por una serie de factores concurrentes, el espectro externo parece espesarse, tornando más ardua y onerosa la búsqueda de financiamiento. El permisivismo a lo Prat Gay podía cuajar más con una instancia cuasi ubérrima en el mercado de capitales. Ahora la cosa cambió; luego, la gestión fiscal, aun ayudando el blanqueo, debería ser más severa y pulida, sin omitir recaudos en su caso (vgr. algún apoyo contingente del FMI).

Lo que asoma es una versión fiscalista del
reforzamiento de la sustentabilidad

Es como si la sensible cuestión de la sustentabilidad macro de fondo, que nosotros marcamos como referencia que iría en ascenso, se hubiera adelantado. Según nuestra postura, un tema de tal porte debe abordarse desde la óptica de una matriz que tenga como eje al tipo de cambio competitivo, y a la cual se remitan las otras variables (incluida la fi scal); por el contrario, lo que aquí asoma es una versión fi scalista del reforzamiento de la sustentabilidad (donde no extraña que un ítem lo constituya el ofertismo laboral).

Por un lado talla un tema teórico: ¿vía fiscalista o cambiaria para tratar el problema de la sustentabilidad? Pero existe un tópico más pragmático, no exento de relieve electoral. Si enseguida se toma en serio, y se aplica, una mayor firmeza fiscal, ¿no correrá riesgo en lo inmediato el deseado rebote económico, el que ya, por sí, viene remolón? Y si todo queda en lo gestual y en meras palabras, ¿no se expondría aun más la credibilidad?

image_print