Dic 11 2016 - 21:04

¿“Compromiso” entre rebote económico e inflación?

                                  

Eduardo Luis Curia
Especial para BAE Negocios

En nuestra nota anterior (“Las recientes movidas del Banco Central”, BAE Negocios, 5/12/2016), marcamos varios pasos encarados por el Banco Central (BCRA) últimamente, con centro en su flamante onda bajista de su tasa referencial (frenada el 6/12). En paralelo, dijimos que los comunicados anexos a esa onda trasuntaban algunos matices especiales, que alentaban la intriga sobre si el BCRA no había recepcionado alguna “sugerencia” por parte del poder político. A su vez, el vicepresidente de esa entidad salió a explicar que no había desvíos respecto de los criterios que venía aplicando la autoridad monetaria.

Quizás, tal enfoque del BCRA es instalable en un contexto más amplio. Donde, permítasenos la licencia, juega un poco la “curva de Phillips”.

Como se sabe, esa curva es un célebre artefacto asociado al pensamiento económico, y que suscita debates infinitos acerca de su existencia o no, de si cambia con el tiempo, sobre su estricto formato, etcétera. Acá, ultrasimplificando, diríamos que se trata del trade off o compromiso (tensiones) entre hipotéticos mayores niveles de actividad (empleo) y sus posibles correlatos inflacionarios.

Es un tema delicado al pegar en el propio centro del giro estratégico dado por el Gobierno desde hace meses, urgido por su celo por los comicios de 2017. Colocado aquél, como siempre dijimos, bajo un cuadro macroeconómico cuyo índice en cuanto a la perspectiva de sustentabilidad macro, es muy flojo. Igual, aquel giro esgrimió dos objetivos inmediatos en más o en menos: a) alejar la hipótesis de la eclosión o convulsión social “a la vuelta de la esquina” alentada desde ciertos círculos, y b) estimular un rebote económico que opere a favor en las elecciones del año próximo.

En general, y más allá de la presencia de algunos focos agitativos, el primer objetivo se estaría obteniendo, o se está cerca de ello. La mora es en asunto del rebote económico. Con un alcance relativo, cabe hablar de un amesetamiento de la actividad (en términos desestacionalizados), que, aunque registre a veces algunas surgencias positivas, no logra aún “masa crítica” y escapar a una conducta oscilante, no mostrando ese plus que indique el arranque claro del repunte.

Así las cosas, no extraña que se arrime más carne al asador para urgir plazos. Como, por ejemplo, “la plata de fin de año” (bonos, etcétera). Como también talla la cuestión del “ablandamiento” de la política monetaria, ligado al trato de las tasas de interés, buscando avivar más las decisiones intertemporales de gasto y facilitar adicionalmente las condiciones crediticias.

El marco del trade off
Por un lado, si recientes comunicados del BCRA contenían algunos elementos difusos justificatorios de los “repentinos”, y en velocidad, recortes de tasas, por otro, el sesgo marginal alcista que reflejó REM días atrás, ciñe aún más el margen legitimante para adicionales cortes de tasas, primordialmente, en lo que hace a la credibilidad y reputación de la autoridad monetaria.

Si se es pulcro al manejar los conceptos y los criterios de comportamiento, aquel fenómeno de expectativas ligado al REM, sumado a otras instancias, no luce trivial. Máxime cuando, en el 2017, habrá que procesar alzas salariales (que deberían ser “algo” mayores a la inflación, por ahora a la de tipo “meta”, para servir al rebote) y subas tarifarias no menores, más el interrogante cambiario. Obligando así a un nivel muy exigido para la inflación núcleo, de modo de “salvar” el valor inflacionario promedio. Además, la situación fiscal amenaza ser aún más endeble: hasta es arduo cumplir con laxas pautas anunciadas (aunque siempre cabe algún “garabato” para emprolijar la fachada). Esta especie de “incertidumbre fiscal” es, como premisa general, un argumento que justifica la gradualidad en la reducción de tasas de interés (con lo cual el BCRA debería cuidarse ahora del “aceleracionismo”), como lo expone el economista Martín Uribe en un reciente artículo (“¿Es la aritmética monetarista displacentera?”, NBER, noviembre de 2016), donde, bajo el formato abstracto rutinario en estos casos, se traza una velada cuasi apologética de la política económica de Cambiemos de gradualismo fiscal, esfuerzo esterilizante del BCRA y gradualismo en los recortes desde tasas altas. Desde ya, “la otra” es asumir a pleno el citado trade off, sopesando que el ansiado rebote económico, con el uso de los anabólicos que se requiera, no calza del todo con el rango de metas de inflación fijado, con lo cual vale rebasar las mismas. Esto, sin duda, dañaría la credibilidad del BCRA, que pasaría a maximizar un hito puntual (con el trasfondo comicial) en lugar de seguir un criterio regulador extendido. De paso, esta pérdida de credibilidad, puede reobrar, y afectar, el manejo mismo de la adaptación al trade off.

También es crucial el efecto de la rebaja de tasas, sumando algunos factores en esbozo en el plano internacional, en los movimientos del tipo de cambio, el que atisba desperezarse, después de ser maniatado por la tasa de interés, fungiendo cual un ancla de hecho. La muletilla de Prat Gay/Sturzenegger, atada a la visión canónica del esquema de metas de inflación, alude en el caso al desenganche bajo un tal esquema entre los movimientos cambiarios y los precios internos. Hay experiencia empírica comparada que atestigua esto. Pero, a) no sabemos aún si un tenor de reacción tal ya arraigó en el país, y b) como dijera en una reciente conferencia Agustín Carstens, titular del Banco de México, las nuevas condiciones externas que vienen perfilándose desde hace rato, incluidos flamantes matices, pueden exigir que el Banco Central, aún dentro del inflation targentig, inserte de algún modo al tipo de cambio en su función de respuesta (control).

Lo que podría ayudar a la baja de tasas con menos riesgos es el apelar como cuña a la política de ingresos, con el capítulo clave de los salarios, sobre lo que mucho hablamos, fijando en una nota anterior el concepto de corredor paritario. Pues bien: algunos dichos del ministro Triaca, y sobre todo, el arreglo paritario de la gobernadora Vidal con los gremios estatales de su provincia -que siempre tuvo influencia “testigo”- moviéndose en torno del rango de las metas de inflación establecidas (con una cláusula gatillo, claro), “alineando” un vector costista -y si esto replicara básicamente en el resto de la economía-, podría dar más margen al BCRA para seguir bajando la tasa. En fin, son evidentes los múltiples y complejos elementos que inciden en esto del citado trade off.

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