Nov 13 2016 - 22:07

Rebote económico y “parsimonia”

                   

Eduardo Luis Curia
Especial para BAE Negocios

El Gobierno, en materia económica, recorre el entorno de un punto de inflexión o punto de cruce sin aún poder traspasarlo. Estar en dicho entorno trasunta que el peor momento el de las señalables malas noticias en cuanto a indicadores relevantes como actividad, empleo, inflación, redistribución del empleo, que abrumaban en intensidad y número habría quedado atrás sin desmedro de residuos. Podría, en su caso, estimarse que la instancia funge como una base apta en potencia para penetrar en tramos más sinérgicos. Todo esto pinta clave para el oficialismo, no ya sólo en lo económico, sino también en lo político, en tanto asoma el ciclo económico político CEP de cara a los comicios de 2017.

Varias veces dijimos en esta columna que la comprensión del CEP se asociaba a un giro estratégico en el ámbito económico pegado por Cambiemos, desdiciéndose bastante de su relato económico original. Este giro tradujo un trueque: se buscaba por su medio acelerar la perspectiva de cierto rebote económico, saliendo de una mórbida situación económica, la que sonaba a “vórtice” y con la puerta abierta a una catarsis catastrófica o cerca, a cambio de armar al efecto un esquema con un grado de sustentabilidad macroeconómica, prima facie, expuesto; en especial, a un determinado tiempo vista.

La fórmula del giro, muy atada al aporte del capital externo, con un fuerte capítulo de toma de deuda externa (en este frente habrá que ver como los mercados procesan el triunfo de Trump y una eventual suba de tasas de la Reserva Federal), sumando un déficit fiscal abultado con pretensión de amparar un resorte multiplicador y a cubrir en gran parte con esa deuda, un proconsumismo (dentro de lo relativo) calzando con un dólar (real) abaratado, un déficit de cuenta corriente en ascenso y un déficit comercial externo en ciernes, tiende a darle color a la mencionada exposición vinculada a la sustentabilidad macro. Vimos esto más en detalle en nuestro paper “¿Del ocaso de la tesis catastrofista inmediata al, en perspectiva, otro reto de sustentabilidad macroeconómica?” (C.A.S.E., noviembre de 2016).

Lo que cabe desprender aquí es que, precisamente, el “ritmo” del proceso envuelto es clave. Máxime, gravitando una referencia temporal insoslayable, ligada a la realización de los comicios en 2017. Algo que reclama una acertada mezcla de “velocidad y de plazo de concreción” en el planteo en danza.

La plataforma del rebote
El análisis remata a la doble lectura que imponen los indicadores económicos esenciales. Una es la referida a la visual interanual (mes de este año con su homónimo del año 2015), estacionalizada si se quiere, y la otra es la atinente a una lectura más desestacionalizada, compulsando mes a mes del corriente año.

Según la primera lectura, el retroceso de los indicadores es evidente: hay serias caídas, marcando varios puntos porcentuales. Con un acumulado del año negativo. En tal sentido, es incontrastable que, en general (siempre hay excepciones), se está peor que en 2015. Mucho talla en esto el esquema de Kicillof que bautizamos Plan Verano, del que tanto hablamos en esta columna el “Plan Primavera” de Cristina Kirchner, el que resultó muy exitoso “en su orden”, dando pie a un año (2015) bastante llevadero. Claro, durante su decurso juntó sin asco debajo de la alfombra colosales distorsiones macroeconómicas legadas al gobierno próximo. Cualquiera fuera éste.

La otra lectura, avanzando la segunda parte del año, proyecta variaciones más sosegadas. Igual, el espectro es muy heterogéneo, con altibajos. Por ejemplo, el CAME, para octubre, detecta una fuerte caída interanual de ventas comerciales, pero una muy suave suba con relación a septiembre. El mercado inmobiliario atisba mejoras, pero la construcción privada aún no termina de levantar. Se vende algo más de autos, pero la producción local sufre (se venden más importados). Obviamente, el campo promete y, asociado a esto, mejora la industria de maquinaria agrícola. Aparecen algunos impulsos de obras públicas. Un dato, quizás no trivial, es que se nota una retonificación de los créditos personales. En fin, se trata de datos parcelados, sin obviar contrastes y altibajos. No obstante, otorgan cierto plafón a la idea de amesetamiento de la actividad, piso de la recesión, etc., que esgrimen Prat Gay y Sturzenegger.

Así se configuraría, en hipótesis, la plataforma desde la cual arrancaría la “operación rebote”, con la etapa de los grandes ajustes de precios relativos y de costos, en general, finiquitada.

Pero aquí también surge un problema. Si bien la idea de amesetamiento goza de algún sustento, y la tesis catastrofista ceda por el momento, no debe olvidarse que: a) el nivel ligado a aquél es bajo, “recesivo”, no resistiendo la comparación con 2015 (neteando, sí, a éste, de las aberraciones macroeconómicas acumuladas), y b) debe darse una adecuada velocidad del presunto rebote económico liderado por la toma de deuda, empezando por su arranque, en términos de vigor suficiente y plasmada en tiempo oportuno, en aras de que empalme bien con el CEP en cuestión.

Por ende, un excesivo regodeo en la situación de amesetamiento dándola por hecho, conformándose con un tono parsimonioso de esa instancia, puede concluir incidiendo de forma contraproducente.

Naturalmente, el Gobierno insiste en su filoconsumismo (con todo lo relativo que sea), por ejemplo, ampliando el alcance del Plan Ahora 12, realizando pagos a jubilados por la ley de reparación previsional, “alentando” la idea del bono de fin de año, retomando obra pública (aunque, con un gasto público que cobró bríos y una recaudación “apagada”, no debe descuidar la perspectiva de asegurar el laxo déficit fiscal prometido, lo que impone cierto límite), sigue aguardando por los “brotes verdes”, extiende las vías de financiación externa para obras de infraestructura de envergadura, and so on... Pero no deja de ser sensible el interrogante sobre el “¿cuándo?”. Es decir, del momento en que los atisbos de repunte se hagan más palpables y concluyentes. Si la parsimonia perdurara mucho, el riesgo podría ser el de volver a foja cero

Desde ya, si ese interrogante es evacuado, el rebote económico tendería a perfilarse. Y, a la vez, la paradoja sería que, de acentuarse aquél, y dada su fórmula de respaldo, podría ganar espacio el reto de la sustentabilidad macroeconómica. Pero, como decía Rudyard Kipling, “ésta es otra historia”.

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