Nov 07 2016 - 21:48

Apertura y tipo de cambio Análisis de un análisis

                 

Eduardo Luis Curia
Especial para BAE Negocios

Días atrás apareció un interesante reportaje de Roberto Frenkel (Clarín, 23/10/2016) con un título sugestivo: “El dólar está atrasado y con este nivel no se puede abrir la economía”. Luego, habrá más déficit externo y protección.

La postura de Frenkel que obviamente tiene afinidades con cosas que escribimos en esta columna y en otros lugares, es destacable porque acentúa algo sustantivo, que suele relegarse en los análisis: el nexo radical entre nivel cambiario real y apertura económica. Incluso, ello ocurre en círculos empresarios y gremiales industriales. Probablemente, porque en el medio hay un tema de puja de ingresos (y de su indispensable encuadre).

Durante el modelo competitivo productivo MCP de 2003 (02)-07, corrió una gran oportunidad: contar con una economía esencialmente abierta, pero, a la vez, tallando condiciones claves justamente, en lo básico, el tipo de cambio real alto que facilitaban el poder competitivo industrial. Asomaba la competencia externa, con su presión, pero también operaba un idóneo marco para responder satisfactoriamente a ella. Fue un notable lapso de expansión industrial y general, donde se afirmó el empuje industrial exportador y se tornó relativamente moderado el déficit de divisas MOI, aportando a superar la restricción externa.

Desde ya, el cambio competitivo fungía como un requisito necesario, ineludible, pero no suficiente. Eran exigibles, además, “incrementales” (como “decrementales” en otros lados) para redondear los cambios efectivos. Sobre este espectro de apoyo cabían políticas más específicas en las cadenas de valor.

El esquema del MCP fue reemplazado, en especial, a partir de 2010. Giró la matriz, y en el meollo, el retraso cambiario real militante sustituyó al cambio competitivo. Esto pesó de modo clave en el posterior deteriorado desempeño industrial, incluyendo limitantes para moverse en el seno de las particularidades que fue asumiendo la economía mundial. De paso, la sincronía entre economía abierta y capacidad competitiva industrial se quiebra, y el propio avance exportador industrial cede.

Lo lógico, en tal contexto, es que numerosos rubros industriales se vean amenazados por la presión importadora peligrando en el límite la sobrevivencia, en función, principalmente, del retraso cambiario real en progreso. Pero, como a éste, políticamente, se lo percibe irreversible y/o benéfico, la inquietud ante esas duras amenazas va llevando hacia un esquema de ascendente casuismo intervencionista y que remite a medidas ad hoc de sucesivos amparos puntuales ante las importaciones. Este esquema, claro, concluyó siendo insostenible a nivel mundial recuérdese el fallo de la OMC, generando asimismo traumas asignativos y de oferta. Pero también brindó una red de amparo visible a numerosos rubros manufactureros.

Por su parte, la administración actual se topa con un galimatías. Postula, prima facie, una postura aperturista, simétrica con sus énfasis en los capitales del exterior en general, y en la deuda en particular. Así las cosas, comienza ejecutando el fallo de la OMC pero, en consonancia, su política tiende a asociarse con un tipo de cambio que persiste fundamentalmente bajo, muy lejano del de equilibrio industrial. Asimismo, aclara que no persigue una apertura ingenua o dogmática.

Entonces, surge una densa miscelánea de iniciativas, a veces chocantes entre sí. El Gobierno termina con las DJAI pero, a la par, apela al régimen de monitoreo de importaciones. Lo que puede dar pie a licencias no automáticas de importación. Pero es conocido que éstas, tomadas en serio, tienen un plazo acotado y un objetivo circunscrito. Por ende, se acepta recurrir a salvaguardias-cupos de importación, alzando algo la cantidad de bienes pasibles de importar, pero también poniendo un techo a las importaciones factibles. Asume en su caso aplicar reservas de participación para productos locales, como en el proyecto de participación público-privada (aunque sabe que por medio de esto se corre el riesgo de despertar reclamos de los potenciales inversores ante valores eventualmente muy altos en dólares). Mientras tanto, se habla de planes productivos que prevén prácticas de reconversión industrial. Y, “en la cima”, se dispara la idea, nada menos, de negociar un tratado de libre comercio con los Estados Unidos.

En síntesis, el Gobierno arremete con la idea de la apertura, partiendo de una macro de dólar bajo “cuasi financista externo”, pero deja abierta la puerta para negociaciones y concesiones que ciñen el grado de avance, aunque en parte éste se verifica. Por su lado, los actores manufactureros no logran plantear una alternativa afirmativa porque ella debería arrancar, precisamente, de la macro del tipo de cambio competitivo, entonces se mueven en la resistencia, a la postre, obteniendo ciertos amparos. Pero como el trámite es “de a uno por vez”, la dinámica es parcial, no alcanza. Lo que resulta globalmente es algo así como un “camello aperturista”, un híbrido.

Es verdad, como resalta Frenkel de cara a una alternativa afirmativa industrial profunda como la que atisbó con el MCP, empuñada asimismo con vigor por los actores industriales empresarios y gremios, que existe una especie de condicionante: la puja de ingresos interna rebasa la óptica de conjunto a plazo vista.

El tipo de cambio real implícito en los salarios o sea, no su poder adquisitivo interno en sí, sino la expresión en dólares del costo laboral es muy bajo respecto del elevado nivel inherente al tipo de cambio de equilibrio industrial. Esta disonancia debilita el planteo propositivo, la capacidad de ejercer la iniciativa en la materia, y hay que resignarse finalmente a pelear por un sinfín de casos específicos de amparo, complicando el predicamento asignativo y la vocación exportadora, y con resultados más amplios o magros según sea el interlocutor de turno. Claro, sin resolver ese condicionante, sobre la base de un estricto y orgánico encuadre que minimice costos inmediatos y maximice logros en el tiempo, la visión propositiva de un modelo industrialista cabal, proyectando una iniciativa decidida, se ve trabada. En definitiva, y más allá de que los comentarios e interpretaciones aquí vertidos son nuestros, reconózcase que lo dicho por Frenkel pega en un núcleo duro relevante para la visión estratégica económica del país.

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